domingo, 19 de mayo de 2019

5º Domingo de Pascua de 2019


Hola chic@s.
Hoy vamos a construir con "Lego" un mundo mejor, un mundo construido según las instrucciones de Jesús.
Escuchemos las instrucciones para hacerlo posible.

Jn 13, 31-33.34-35

A los amigos de Jesús les gustaba recordar todo lo que había ocurrido en la última cena, porque había sido cuando más cosas les había enseñado Jesús. Ahora que había resucitado intentaban acordarse de todo, para hacer lo que él les había dicho. Por ejemplo, cuando Judas se fue para entregarlo, Jesús les explicó que todo lo que iba a pasar era para mostrar mejor la grandeza de Dios. Eso al principio no lo entendían, pero ahora que había resucitado ya sabían que sí. Pero sobre todo se acordaban de sus palabras sobre el amor. Porque Jesús les había dicho que, como les quedaba poco tiempo juntos, les iba a dar el mandamiento más importante. Y es cuando les dijo: «Yo os quiero y os he querido siempre muchísimo. Pues vosotros tenéis que quereros igual unos a otros, con generosidad, sin exigencia, cuidando de verdad unos de otros. Porque esa es la señal de que sois mis amigos».



domingo, 5 de mayo de 2019

3º Domingo de Pascua 2019


Hola chic@s.
Hoy, Jesús nos invita a dejar nuestra redes, a dejar todo lo que nos atrapa, y a seguirle, pero... ¿Cómo hacerlo?
Vamos a escuchar el Evangelio y seguro que encontraremos alguna pista de cómo seguir a Jesús y ayudarle a cuidar a los amigos, al igual que hizo Pedro.



Juan 21,1-19 (adaptación)

Un día estaban juntos Pedro, Tomás, Natanael, Santiago, Juan y otros dos amigos de Jesús. Aún no sabían bien qué hacer, ahora que Jesús ya no estaba con ellos. Entonces a Pedro se le ocurrió: «Me voy a pescar» –porque ellos, antes de conocer a Jesús, habían sido pescadores–. A todos les pareció muy buena idea y se fueron con él. Pasaron toda la noche intentando pescar, pero fue un desastre, porque no picó ni un solo pez.

Ya al amanecer vieron a alguien en la orilla. Era Jesús, pero ellos no lo sabían. El hombre de la orilla les dijo:

– ¿Habéis pescado mucho?
– ¡Nada! –le respondieron.
– Pues echad las redes al otro lado y ya veréis.
Lo hicieron, y pescaron tanto que no tenían fuerza ni para sacar las redes del agua. Entonces Juan le dijo a Pedro: «Yo creo que ese es Jesús».
Y Pedro se puso tan nervioso que se tiró tal y como estaba al agua y echó a nadar hacia la orilla, mientras los demás acercaban la barca.
Cuando llegaron a la orilla, el hombre había preparado una hoguera, y los invitó a asar algo del pescado que habían conseguido, y se pusieron a comer juntos. Como no les decía que era Jesús, ellos tampoco sabían si preguntarle. Era porque ahora que estaba resucitado, Jesús parecía un poco distinto. Pero, comiendo juntos, se acordaban de la última cena, y estaban seguros de que era él. Al acabar de comer, Pedro y Jesús se fueron a pasear juntos. Pedro tenía muchas ganas de hablar a solas, pues todavía se sentía fatal porque, cuando detuvieron a Jesús, él lo había abandonado, y quería pedirle perdón. Pero antes de que pudiera empezar a hablar, Jesús le preguntó: «Pedro, ¿tú me quieres?». Y él le contestó que sí. Entonces Jesús le dijo: «Pues cuida bien de mis amigos». Pedro se sintió fenomenal, al ver que, a pesar de todo, Jesús seguía confiando en él.

Pero Jesús le volvió a preguntar: «Pedro, ¿me quieres?». A Pedro le pareció un poco raro, pero respondió lo mismo, que sí. Y otra vez Jesús le dijo: «Pues cuida bien de mis amigos». Entonces se lo volvió a preguntar por tercera vez. Ahora Pedro se sintió un poco triste, porque se acordaba de que también había negado a Jesús tres veces. Y contestó, con mucha pena: «Señor, tú sabes todo. Tú sabes que te quiero». Entonces Jesús le dijo: «Mira, Pedro, te encargo que cuides de mis amigos. Y sé que lo harás bien. Has aprendido muchas cosas desde que eras joven. Antes pensabas que tú podías hacerlo todo. Ahora ya sabes que tienes que dejar que otros te acompañen y te guíen también a ti. Antes tenías miedo. Pero sé que en el futuro estarás dispuesto a recorrer el mismo camino que yo, hasta dar la vida». Pedro se emocionó mucho, porque comprendió que Jesús lo había perdonado.



domingo, 28 de abril de 2019

2º Domingo de Pascua



Hola chic@s. Feliz Domingo.
Hoy Jesús nos dice que nos fiemos de nuestro amigos, de nuestros "buenos amigos". Escuchemos el Evangelio de Juan donde Jesús se aparece a sus amigos pero hay uno que no cree en Jesús Resucitado.

Evangelio de Juan 20,19-31

Muchos de los amigos de Jesús aún no sabían que estaba vivo y pasaban mucho miedo por si las autoridades los perseguían a ellos también. Así que una noche estaban juntos en la casa que compartían en Jerusalén, con la puerta cerrada y muy asustados.
Y sin saber muy bien cómo, de golpe apareció Jesús en medio de ellos.
Lo miraban sin saber qué hacer. Entonces les enseñó las manos, con las heridas de los clavos, y el costado, con la herida de la lanza que le habían hecho en la cruz, y les dijo: «Paz a vosotros». Como esa era la forma de saludar siempre de Jesús, ya lo reconocieron, y se pusieron contentísimos. Todos hablaban a la vez, se reían, y querían entender cómo era que estaba vivo. Cuando se calmaron un poco, Jesús les dijo: «Mi Padre me envió al mundo para compartir una buena noticia. Pues ahora soy yo el que os envío a vosotros, para que contéis las cosas buenas que habéis aprendido de mí». También les dijo que les iba a mandar el Espíritu Santo, y que eso les daría autoridad para perdonar. Luego desapareció tal y como había venido.
El pobre Tomás se lo perdió porque ese día había ido a hacer la compra, así que cuando se lo contaron pensaba que le estaban tomando el pelo, y no se lo quería creer. Pero ellos insistían en decírselo una y otra vez. Al final, para que le dejaran en paz, les dijo: «Yo solo me lo creo si meto los dedos en el agujero de sus manos y veo que son de verdad las heridas de Jesús». Fue un poco bruto, pero es que Tomás era así.
Justo una semana después, volvían a estar en la casa, y esta vez Tomás también estaba. Y apareció Jesús, igual. También les dijo: «Paz a vosotros». Todos miraban hacia Tomás, como si quisieran decirle: «¿Ves? ¡Ya te lo habíamos dicho!». Él estaba que no sabía si creérselo o si seguían tomándole el pelo. Pero Jesús mismo se acercó a él y le enseñó las manos mientras le decía: «Si quieres, puedes meter el dedo en el agujero, ya verás cómo es verdad». Pero ya ni hizo falta, porque Tomás lo había reconocido. Y gritó, lleno de alegría: «¡Señor mío y Dios mío!», que era su forma de decir a la vez lo contento que estaba, que le daba pena haber dudado, que lo había echado muchísimo de menos… en fin, todo eso y mucho más. Jesús dijo entonces: «Mira que eres cabezota por no fiarte de tus amigos. Has tenido que verme para creer. Felices serán los que crean aunque no me vean así».




sábado, 20 de abril de 2019

Domingo de Resurrección 2019


Hola chic@s.
Hoy es el gran día que los cristianos estábamos esperando: ¡Cristo ha resucitado! La alegría ha vencido a la tristeza. Escuchemos el Evangelio de Juan: 


Juan 20,1-9
Habían pasado tres días desde que Jesús murió. Y una mañana, tan temprano que aún era de noche, María Magdalena fue a donde lo habían enterrado. Iba como a veces van las personas al cementerio, para rezar, para despedirse de su amigo, para llorar un poco porque estaba triste. Pero Jesús no estaba enterrado como enterramos hoy a las personas. En su época los ponían como en unas cuevas que llamamos sepulcros, y la puerta del sepulcro era una roca enorme muy pesada y difícil de mover.
Al llegar, María vio que esa losa del sepulcro de Jesús estaba apartada. Le dio un susto tremendo, y como no sabía si entrar o qué hacer, se fue a buscar a otros amigos de Jesús. Al llegar donde estaban Pedro y Juan, dos de sus mejores amigos, les dijo: «Creo que alguien se ha llevado el cuerpo de Jesús a algún sitio que no sabemos» (porque ella aún no se imaginaba que Jesús pudiera estar vivo).
Los dos amigos de Jesús empezaron a correr. Juan, que era más joven y estaba más delgado, iba muy rápido. Juan miró desde la puerta, y se quedó sorprendido porque las vendas con las que habían envuelto el cuerpo de Jesús estaban tiradas en el suelo. Cuando llegó Pedro se atrevió a entrar, y vio las vendas en el suelo y otra tela con la que habían cubierto la cabeza de Jesús, bien doblada. Juan entró también. Y allí empezaron a comprender lo que había pasado. Sintieron que nadie se había llevado el cuerpo de Jesús a otro sitio, sino que estaba vivo. Y por fin entendieron lo que algunas veces les había dicho de que al final resucitaría. Por eso empezaron a sonreír, contentísimos.







domingo, 14 de abril de 2019

6º Domingo de Cuaresma: Domingo de Ramos. Compromiso Cuaresmal: Decide.



Hola chic@s:
Hoy, Domingo de Ramos, llegamos al final de este camino Cuaresmal. Durante este tiempo hemos tratado de hacer realidad ese compromiso diario que nos acerque a Dios.
El Evangelio  de hoy nos recuerda lo que pasó un día en Jerusalén. Escuchemos el Evangelio de Lucas.

Jesús iba a Jerusalén. Al llegar a un sitio de las afueras, dijo a dos de los discípulos: “Adelantaos y entrad en ese pueblo que está ahí enfrente. Encontraréis un asno atado, traedlo y si os preguntan decid que es para mí”. Lo hicieron así. Cuando trajeron el asno, Jesús se montó en él, y entró por fin en Jerusalén. La gente lo recibía como a un rey, agitando ramos de olivo y poniendo mantos sobre el camino para que los pisara. Todos contaban las maravillas que le habían visto hacer, y decían: “Bendito sea el rey que viene en nombre del Señor. Paz en el cielo y gloria en las alturas”. Lc 19, 28-40



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jueves, 11 de abril de 2019

Compromiso Cuaresmal. Oración trigésimo octavo día de Cuaresma: Cambia


"No os acomodéis a los criterios de este mundo; al contrario, transformaros,
 renovad vuestro interior, para que podáis descubrir cuál es la voluntad de Dios, 
qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto". Romanos 12,2



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miércoles, 10 de abril de 2019

Compromiso Cuaresmal. Oración trigésimo séptimo día de Cuaresma: Abre


Sólo a través de la lectura y exposición de la palabra de Dios somos enriquecidos en todas las áreas de la vida, porque Él es quien lo llena todo en todo. Efesios 1,23



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